El fútbol que no te quiere

El fútbol que no te quiere

 

Tengo que llegar temprano a la cancha. Lo recuerdo a cada instante y me río. Porque siempre por alguna u otra cosa me demoro. Creo que es porque quiero aprovechar cada momento. Habitar el tiempo. Sin pensar demasiado.

 

Llego con mi hijo Santiago, que me abraza fuerte y me mira con su casco reluciente que le compré con los mismos colores que el mío. Mientras ingresamos al estadio hay un primer vallado. Nos cruzan varios policías y no de la mejor manera nos informan que hay que dejar la moto ahí y caminar el resto del trayecto. Santi me mira y me dice: “che papá, ¿por qué hay gente que pasa en auto y nosotros nos quedamos acá?”. Solo atiné a decirle que seguramente son personas importantes que deben llegar con su vehículo más cerca de los ingresos.

 

Voy corriendo mi moto hasta un descampado, donde se improvisa un estacionamiento. Todo el suelo está lleno de barro. Le pido a Santi que se quede en el asfalto así no se ensucia. Lo agarro de su manito y vamos caminando despacio. En los costados del camino hay policías de infantería, algunos armados y otros con bastones. Miran de manera desafiante. Santi me mira con temor y se ubica del otro lado y me agarra fuerte la mano.

 

Llegamos a la boletería. Detrás de las filas la caballería. De a ratos se ponen al lado y con movimientos bruscos obligan a la gente a que respete el lugar. Hace mucho calor. Compramos una gaseosa con Santi. En la fila somos muchos y se comenta que no hay entradas para menores. Debo gastar un poco más. Siempre suele ocurrir. Pero a mi hijo no le puedo fallar. El partido está por empezar y la gente eufórica pide que los boleteros se apuren. Vuelve a aparecer la guardia de infantería, ahora a cada lado de la ventanilla. Te miran y te desafían. No importa quién rebote su mirada. Esperan la reacción.

 

Compramos y corremos hacia el ingreso. Otra fila, otra espera. Mientras avanzamos miramos al Estadio como esperando interpretar que está sucediendo en el campo de juego. Lo alzo en mis brazos a Santi para no entorpecer el lento caminar. El mira a lo lejos y me dice: “papá, ¿por qué esa gente ingresa más rápido que nosotros?”. Es el sector de plateas le digo. Pagan más por esa comodidad. “Vamos ahí, quiero ver el partido” me grita. Se pone nervioso. Es entendible. Da la sensación de que no estamos yendo a ver un espectáculo. Estamos pagando una tortuosa espera. Mejor le hablo de otra cosa.

 

Nos cortan la entrada y pasamos. Antes la policía nos pide sacarnos las gorritas y a mí me piden que les dicte mi número de documento, donde en un celular pueden ver si tengo algún derecho de admisión. Luego otro policía nos revisa. Nos quita la gaseosa, el envase puede ser un elemento de agresión. Tengo mi encendedor en la mano, también se lo llevan. Lo revisan a Santi también. Ahora los dos debemos sacarnos las zapatillas. Otra persona les pregunta para que. Le contestan que se puede esconder droga, fernet o pirotécnia. Al lado vemos a una señora a quién no le dejan pasar su termo y el mate. Del otro lado golpean en la panza a un chico, tiene en sus manos una lata de cerveza. La tira y lo vuelven a golpear. El golpe seguramente es aleccionador, para ellos.

 

Logramos pasar el último control con Santi y vemos una fila larga de jóvenes con sus brazos en la pared. Con los bastones presionan sus espaldas. Otro corre y de los pelos lo sacan afuera. El muchacho grita y muestra su entrada a la mitad. Corre hacia la boletería. Seguramente volverá a comprar otra.

¿El partido? No sabemos. Estamos en otro lugar. Un lugar violento, agresivo. Siento que Santi tiene miedo. Me agarra fuerte la mano, como cuando vemos películas de terror y el sonido de peligro lo asusta y me abraza como en un grito de gol.

 

Ingresamos a la tribuna y en cada costado hay más policías. El sol de frente complica la vista pero tenemos nuestras gorras. Intentamos retomar el entusiasmo aunque es difícil. Santi mira hacia el frente. Se ve gente sentada en lugares techados, y más arriba otras con vidrios de frente, tomando bebidas frescas en envases que nosotros no pudimos pasar.

 

Gritamos, saltamos, nos descargamos. Santi también lo hace, aunque no sé si realmente entiende lo que vivimos. Tal vez no entienda el contexto, pero sentimos lo mismo.
Se termina el juego, la policía tapa los accesos. No podemos salir. El operativo decide que los que estamos en ese lugar debemos esperar. Compro dos helados y nos sentamos solos con Santi. Bien arriba. Debemos olvidar lo malo. Comienza mal y termina mal. Estamos como cautivos. Pero estamos los dos. Pasan minutos, eternos. La gente se impacienta. Son casi cuatro horas en total donde existen más impedimentos y situaciones violentas que la alegría de disfrutar un espectáculo deportivo.

 

Caminamos de vuelta con Santi. Camionetas, motos y carros de la policía acompañan a los hinchas. Los encargados de la seguridad exhiben nuevamente sus armas, en este caso escopetas y como unas metralletas que tiran pelotitas de colores. Como una paradoja. Armados para colorear a los que van a ver sus colores.

 

Llegamos con Santi a la moto. Lo noto extraño. No sé si querrá volver. No sé si yo querré volver. Mi corazón dice que sí. Todo lo que rodea al fútbol, me dice que no.

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